Monopolio monetario
Si una empresa privada fabricara billetes en su sótano, la llamaríamos falsificación. Si lo hace el Estado, lo llamamos política monetaria. La diferencia no es técnica. Es legal. El Estado se otorgó a sí mismo el monopolio de emitir dinero y declaró ilegal que cualquier otro lo haga. Después usó ese monopolio exactamente como cualquier monopolista usa el suyo: para beneficio propio y a costa del resto.
El monopolio monetario es la causa de fondo de la inflación. No la única pieza del rompecabezas — el déficit fiscal, la emisión y el intervencionismo son las otras — pero sí la que hace posibles todas las demás. Sin el monopolio de la emisión, el gobierno no podría financiarse con la impresora. Sin curso forzoso, la gente abandonaría la moneda que se devalúa y elegiría otra mejor. Sin leyes que prohíban la competencia monetaria, el mercado disciplinaría al emisor.
¿Cómo funciona el monopolio?
El monopolio monetario del Estado se sostiene sobre dos pilares legales:
El primero es el monopolio de emisión. Solo el Banco Central puede crear pesos. Nadie más. Si vos emitís un billete, vas preso. Si el BCRA emite billones, es una "herramienta de política monetaria".
El segundo es el curso forzoso (o curso legal). La ley te obliga a aceptar pesos como medio de pago. No importa que el peso pierda la mitad de su valor en un año. No importa que vos preferirías cobrar en dólares, en oro o en bitcoin. La ley dice pesos, y pesos son.
Estos dos mecanismos juntos crean un mercado cautivo. El Estado produce un producto — el peso — que se deteriora constantemente, y la ley te obliga a usarlo. Es como si una empresa tuviera el monopolio legal de la leche, vendiera leche cada vez más aguada y la ley te prohibiera comprar leche de otro proveedor.
No creo que volvamos a tener un buen dinero antes de que le saquemos la cosa de las manos al gobierno. No podemos arrancárselo violentamente; todo lo que podemos hacer es, mediante alguna forma astuta e indirecta, introducir algo que no puedan detener.
¿Fue siempre así?
No. Durante la mayor parte de la historia, el dinero no fue monopolio estatal. El oro y la plata circulaban libremente como dinero en todo el mundo, y los gobiernos tenían una capacidad limitada de manipular su valor. Podían rebajar las monedas mezclando el oro con metales más baratos — y lo hacían, los romanos lo hicieron hasta destruir su propia moneda — pero el proceso era lento y visible.
El monopolio monetario moderno se consolidó en el siglo XX con la creación de los bancos centrales y la eliminación del patrón oro. El golpe final fue en 1971, cuando Nixon cortó el último vínculo entre el dólar y el oro. A partir de ese momento, todos los gobiernos del mundo tuvieron libertad absoluta para emitir dinero sin respaldo. La tentación se convirtió en abuso sistemático.
El caso argentino
El BCRA fue creado en 1935. Desde entonces, el peso argentino perdió tantos ceros que si hoy existiera el peso moneda nacional original, un dólar costaría alrededor de 10 billones de pesos. No millones. Billones. Con B.
Argentina cambió de signo monetario cinco veces: peso moneda nacional (1881), peso ley (1970), peso argentino (1983), austral (1985), peso convertible (1992). Cada cambio fue necesario porque el signo anterior había acumulado tantos ceros que ya era impracticable. Cada vez, le quitaron entre 2 y 4 ceros. Y cada vez, el nuevo signo empezó a recorrer el mismo camino.
¿Hay alternativa?
Hayek propuso en 1976 la desnacionalización del dinero: eliminar el monopolio estatal y permitir que bancos y emisores privados compitan entre sí por ofrecer la mejor moneda. En un mercado libre de dinero, la moneda que se devalúa pierde usuarios y la que mantiene su valor los gana. La competencia disciplina al emisor, igual que en cualquier otro mercado.
Durante 32 años, esa idea fue considerada utópica. Hasta que en 2008, un programador anónimo publicó un paper de 9 páginas que la convirtió en realidad. No le pidió permiso a ningún gobierno. No necesitó una ley. Simplemente creó una moneda que compite con el sistema fiat desde afuera, y que nadie puede apagar.
El monopolio monetario del Estado existe porque, hasta ahora, no había alternativa viable. Ahora la hay. Y a diferencia de todas las reformas monetarias anteriores, esta no necesita que el monopolista renuncie voluntariamente a su poder. Solo necesita que la gente tenga la opción de elegir.