Argentina

Cómo se vive

Los economistas miden la inflación con índices. Los argentinos la miden en el supermercado, en la factura de luz, en la cara del mozo cuando le pedís la carta y te dice que los precios cambiaron desde la última vez que la imprimieron. Que fue la semana pasada.

La teoría económica puede explicar las causas de la inflación. Lo que no puede capturar del todo es lo que significa vivirla todos los días. Esa experiencia —correr detrás de los precios, hacer cuentas mentales en tres monedas, sentir que trabajás cada vez más para comprar cada vez menos— es lo que define la relación de los argentinos con su dinero.

Remarcar: el ritual semanal

En países con inflación baja, los precios de las cosas cambian de vez en cuando. En Argentina, cambian todo el tiempo. Un repositor de supermercado en 2023 no se dedicaba a acomodar productos en las góndolas: se dedicaba a pegarles etiquetas nuevas encima de las viejas. A veces dos o tres por semana.

Las remarcaciones no esperan al lunes. Pueden pasar en cualquier momento. Un producto que a las 10 de la mañana costaba $800 podía estar a $950 a las 4 de la tarde. No por capricho del supermercado, sino porque el proveedor mandó una nueva lista de precios a la hora del almuerzo.

El consumidor aprendió a adaptarse. Ir al super se convirtió en una operación táctica: comparar precios entre cadenas, stockear cuando hay oferta, comprar primero lo que más sube, calcular si conviene llevar dos unidades hoy aunque no las necesites porque la semana que viene van a estar más caras. Un ama de casa argentina del 2023 hacía más cálculos de costo-beneficio en una tarde que un analista financiero en una semana.

El sueldo que se derrite

Con inflación del 211% anual, un sueldo pierde más o menos la mitad de su valor en seis meses. Cobrás el primero del mes y para el día 15 ya te alcanza para menos. Para el día 30, notablemente menos. El próximo primero, si tenés suerte, viene con un aumento que nunca alcanza a compensar lo que perdiste.

Las paritarias — las negociaciones salariales entre sindicatos y empresas — pasaron de ser anuales a semestrales, después trimestrales, después bimestrales. En algunos gremios se negociaba todos los meses. Y aun así, los salarios reales cayeron sistemáticamente entre 2018 y 2023. No porque los sueldos nominales no subieran, sino porque la inflación subía más rápido.

Dolarización de facto

Ningún gobierno le pidió a los argentinos que pensaran en dólares. Simplemente, los argentinos dejaron de confiar en el peso y empezaron a usar el dólar como unidad de cuenta. Los alquileres se pactan en dólares. Los autos se venden en dólares. Las propiedades se cotizan en dólares. Los sueldos del sector tech se negocian en dólares.

Pero no es solo una cuestión de cuenta. Es una cuestión de ahorro. El argentino que puede ahorrar — y cada vez son menos — ahorra en dólares. Ya sea comprando billetes en el mercado blue, usando cuevas, recibiendo transferencias de cripto, o comprando dólar MEP a través de bonos. Cada una de estas formas tiene un costo, una complejidad y un riesgo. Pero todas son preferibles a quedarse en pesos.

Esto es lo que los economistas llaman "huida de la moneda". Cuando la gente no quiere tener pesos, los gasta lo más rápido posible o los convierte a otra cosa. Esa aceleración del gasto aumenta la velocidad del dinero, que a su vez acelera la inflación. Es un círculo que se retroalimenta.

Cuotas "sin interés"

Uno de los fenómenos más paradójicos de la inflación argentina es la cultura de las cuotas. En un país con 200% de inflación, comprar en 12 cuotas fijas sin interés es un negocio espectacular para el comprador: pagás un producto a precio de hoy con pesos que dentro de seis meses valen la mitad.

¿Quién pierde? El comerciante, que recibe pesos depreciados. ¿Por qué lo ofrece? Porque la alternativa es no vender. En una economía inflacionaria, todos corren. El consumidor corre para comprar antes de que suba. El comerciante corre para vender antes de que nadie compre. El proveedor corre para cobrar antes de que el peso pierda más valor. Es una carrera que nadie gana.

El resultado es una sociedad que vive en presente permanente. Nadie planifica a más de tres meses. Nadie firma un contrato a más de un año sin una cláusula de ajuste. Nadie ahorra en la moneda local. El largo plazo, en Argentina, es el mes que viene.

Apps, ofertas y supervivencia

La inflación generó todo un ecosistema de herramientas de supervivencia. Aplicaciones como Precios Claros permitían comparar precios entre supermercados. Grupos de WhatsApp compartían ofertas en tiempo real. Cuentas de Twitter e Instagram se dedicaban exclusivamente a rastrear promociones bancarias y descuentos con tarjeta.

Lo que en otro país sería una actividad marginal — buscar el mejor precio — en Argentina se convirtió en una habilidad esencial. La diferencia de precio entre dos supermercados por el mismo producto podía ser del 30% o 40%. No por diferencias de calidad o servicio, sino por velocidad de remarcación: el que remarcaba más lento era temporalmente más barato.

Lo que la inflación destruye

Más allá de los números, la inflación alta y sostenida destruye cosas que no se miden en un índice de precios.

Destruye la capacidad de planificar. No podés proyectar un negocio, una inversión, una carrera, un ahorro para la casa propia cuando no sabés cuánto van a valer las cosas dentro de seis meses.

Destruye la confianza. Entre las personas y las instituciones. Entre compradores y vendedores. Entre empleados y empleadores. Cada transacción se convierte en una negociación donde ambas partes intentan no ser la que pierde.

Destruye la preferencia temporal. En una sociedad sana, la gente sacrifica consumo presente para invertir en el futuro. En una sociedad inflacionaria, es al revés: consumís todo hoy porque mañana va a estar más caro. El ahorro no tiene sentido. La inversión productiva de largo plazo, tampoco.

Los economistas le pusieron nombre a esto: el efecto Cantillon. En Argentina, los primeros en recibir los pesos nuevos son el Estado y sus contratistas. Los últimos son los jubilados, los trabajadores informales y todo el que cobra un sueldo fijo.

La inflación nunca afecta a todos por igual ni al mismo tiempo. Beneficia a algunos a expensas de otros. Los que reciben primero el dinero nuevo se benefician a costa de los que lo reciben al final. Es un proceso de expropiación silenciosa.
Henry Hazlitt — La inflación en una lección, 1978

Y destruye algo más sutil: la moral económica. Cuando ahorrar es de ingenuos y endeudarse es de vivos, cuando el que especula gana y el que produce pierde, cuando el Estado te roba un tercio del sueldo sin siquiera avisarte, se instala en la sociedad la idea de que las reglas no importan. Que la única forma de sobrevivir es pisar al de al lado. Eso no se arregla bajando la inflación al 2%. Eso tarda generaciones en repararse.