Cómo empezó todo
La historia oficial dice que la inflación en la Argentina reciente empezó con Macri o con Alberto Fernández, dependiendo de a quién le quieras echar la culpa. La historia real es otra. El proceso inflacionario que terminó con un 211% anual en 2023 empezó mucho antes: en 2006, con Néstor Kirchner en la presidencia y Guillermo Moreno en la Secretaría de Comercio.
2006: el año que se rompió el termómetro
A comienzos de 2006, la inflación empezaba a molestar. Después de tres años de crecimiento post-crisis, los precios acumulaban una suba anual cercana al 12%. No era dramático, pero era incómodo. Un gobierno que había construido su relato sobre la recuperación económica no podía permitirse que el dato de inflación arruinara la fiesta.
Tenían dos opciones. La primera: dejar de emitir para financiar el gasto público, reducir el déficit y dejar que los precios se estabilicen. La segunda: intervenir el organismo que mide la inflación para que los números digan lo que vos querés que digan.
Eligieron la segunda.
En enero de 2007, el gobierno desplazó a Graciela Bevacqua, directora del Índice de Precios al Consumidor del INDEC. El secretario de Comercio Interior, Guillermo Moreno, empezó a presionar al personal técnico del organismo para que manipulara las estadísticas. Los empleados que se resistieron fueron desplazados, amenazados o reubicados. Los que se quedaron, tuvieron que aprender a dibujar números.
La intervención del INDEC no fue solo un escándalo estadístico. Fue una declaración de principios: este gobierno no va a resolver la inflación; va a esconderla. Y al esconderla, eliminó la única señal que podría haber forzado un cambio de rumbo.
2007–2015: la era K
Con el termómetro roto, el gobierno de Cristina Fernández de Kirchner profundizó el modelo que generaba la inflación. El gasto público creció del 25% del PBI en 2006 al 42% en 2015. Subsidios a la energía, al transporte, a las tarifas. Empleo público que pasó de 2,2 millones a 3,6 millones. Transferencias sociales que se multiplicaron. Y todo financiado, cada vez más, con emisión del Banco Central.
El mecanismo era simple: el Tesoro le pedía pesos al BCRA, el BCRA los imprimía, y esos pesos se volcaban a la economía a través del gasto. Más pesos persiguiendo la misma cantidad de bienes y servicios. El resultado era predecible para cualquiera que haya leído a Mises, pero aparentemente nadie en el gobierno lo había hecho.
Para contener las consecuencias de la emisión sin reducir el gasto, el gobierno implementó una batería de controles:
- Cepo cambiario (2011) — Restricciones a la compra de dólares. El mercado respondió creando el "dólar blue", que rápidamente se convirtió en la referencia real del tipo de cambio.
- Precios Cuidados (2013) — Acuerdos "voluntarios" con supermercados para fijar precios de una canasta de productos. Los productos desaparecían de las góndolas o achicaban su contenido.
- Retenciones y trabas a importaciones — Para sostener reservas que se evaporaban, se restringió tanto la salida como la entrada de dólares.
Cada control generaba una distorsión nueva, que requería un control nuevo para parcharla. Como dijo Mises: el intervencionismo no es un sistema estable, es una pendiente. Cada intervención crea las condiciones para la siguiente.
2015–2019: el intento de Macri
Mauricio Macri llegó al poder en diciembre de 2015 con la promesa de normalizar la economía. Levantó el cepo, unificó el tipo de cambio, empezó a sincerar las tarifas subsidiadas y restauró el INDEC. Lo que no hizo fue reducir el gasto público de manera significativa.
Sin ajuste fiscal real, el gobierno financió el déficit con deuda externa en lugar de emisión. Cambió la impresora por la tarjeta de crédito. No es que una sea buena y la otra mala: las dos son formas de gastar lo que no tenés. La diferencia es que la deuda en dólares explota más tarde y más fuerte, porque cuando el mundo deja de prestarte tenés el mismo déficit de siempre más los intereses que acumulaste.
Y vale aclarar algo: endeudarse en dólares no es endeudarse en "moneda sana". El dólar perdió el 97% de su poder de compra desde que la Fed existe. Lo que pasa es que se deprecia más lento que el peso, y en un país donde la moneda local se destruye a velocidad récord, cualquier cosa parece estable por comparación. Que el dólar sea mejor que el peso no lo convierte en buen dinero. Simplemente se devalúa con más elegancia.
El dólar saltó de $20 a $40 en cuestión de semanas. Macri llamó al FMI, que llegó con un préstamo de US$57.000 millones — el más grande en la historia del organismo. Las condiciones incluían metas fiscales y monetarias que el gobierno cumplió a medias. La inflación cerró 2018 en 47,6% y 2019 en 53,8%.
En septiembre de 2019, tras las PASO que anticiparon la victoria de Alberto Fernández, Macri reimplantó el cepo cambiario. El mismo cepo que había levantado cuatro años antes como su primera medida. El ciclo se cerró.
2019–2023: Alberto, la pandemia y la aceleración
Alberto Fernández asumió en diciembre de 2019 con un cepo heredado, una deuda impagable y una economía en recesión. Tres meses después, llegó la pandemia.
El COVID-19 le dio al gobierno la excusa perfecta para hacer lo que el kirchnerismo siempre quiso hacer: emitir sin límite. Durante 2020, el BCRA transfirió al Tesoro el equivalente a 7,4% del PBI en concepto de Adelantos Transitorios y transferencia de utilidades. En castellano: le imprimió una montaña de pesos al gobierno para que financiara el IFE, el ATP y el resto de la asistencia de emergencia.
La inflación de 2020 fue "solo" del 36% porque la economía estaba paralizada por la cuarentena: la gente no podía gastar. Pero los pesos estaban ahí, esperando. Cuando la economía se reabrió en 2021, la inflación saltó al 50,9%.
A partir de ahí, la aceleración fue imparable:
- 2021: 50,9%
- 2022: 94,8%
- 2023: 211,4%
En julio de 2022, Martín Guzmán renunció como ministro de Economía tras un enfrentamiento con Cristina Kirchner. Lo reemplazó brevemente Silvina Batakis y luego Sergio Massa, que llegó como "superministro" con la misión de evitar el colapso. Lo que siguió fue la etapa más destructiva del proceso inflacionario.
No hay forma de evitar el colapso final de un boom producido por la expansión del crédito. La alternativa es si la crisis debe llegar antes, como resultado del abandono voluntario de la expansión crediticia, o más tarde, como catástrofe total del sistema monetario.
El patrón
Mirá la secuencia: Kirchner emite y esconde la inflación. Macri deja de emitir pero se endeuda. Alberto vuelve a emitir con la excusa de la pandemia. En ningún momento, con ningún gobierno, se atacó la causa: el déficit fiscal que obliga a emitir o endeudarse.
El gasto público no bajó con Macri. No bajó con Alberto. No iba a bajar con Massa. Cada gobierno heredaba un déficit más grande, una deuda más pesada y una inflación más alta. Y cada uno elegía la misma salida: patear el problema para adelante. La bomba creció durante 17 años hasta que en 2023 casi estalla.